Escuchando «la otra versión»

¿Cuántas veces hemos juzgado a la otra parte sin escucharla, sin darle la oportunidad de contarnos su versión? ¿Cuántas veces cuando nuestro cónyuge quiere hablar con nosotros, nos cerramos mentalmente porque “ya sabemos de lo que se trata” y nos resistimos a “escuchar a la otra parte” quedándonos sólo con nuestra versión? ¿Cuántas veces un hijo nos trajo una mala nota e inmediatamente nos resistimos a escucharlo, porque consideramos que sólo tratará de justificar su mal desempeño? ¿Cuántas veces cuando nuestros padres quieren contarnos algo, también nos negamos mentalmente, porque según nosotros, ya conocemos “su versión”? ¿Cuántas veces hemos juzgado y condenado a las personas, porque tenemos la versión de los medios de comunicación, que presentan algunos indicios de su responsabilidad, pero para nosotros ya son culpables? 

¿Cuántas veces al día sucede esto? Muchísimas veces. Emitimos el juicio final sin darnos la oportunidad de escuchar la otra versión, prejuzgamos rápidamente con la velocidad que la mente nos permite. ¿Alguna vez, por ejemplo, hemos escuchamos la versión del lobo en “La Caperucita Roja”? No será que sólo hemos escuchado, y juzgado finalmente al lobo, únicamente con la versión de la Caperucita Roja?

Aquí tenemos un extracto adaptado de la versión del lobo cuyo autor es Anónimo: 

“…El bosque siempre fue mi vida; amaba el color del cielo, la frescura del viento, el ruido de los pájaros, pero lo mejor de todo era la apacible tranquilidad del bosque; sin embargo, todo aquello un día cambió, cuando una niña de pésimos modales, venía a asustar a los animales pequeños, les gritaba y dejaba la comida regada. Ella tenía una capa roja y descubrió que el color rojo perturbaba a los animales y para asustarlos más, se mandó hacer una caperuza roja. Esto no podía continuar así, por tanto, un día la seguí, supe donde vivía y fui a conversar con su abuelita; entre ambos convinimos en darle una lección; cuando ella llegara a la casa de su abuela, yo la reemplazaría. Así fue, pero cuando la niña llegó, ni a su supuesta abuela respetó; de manera insolente y con voz altisonante dijo: pero abuela cada día estás más  fea; que grandes están tus ojos, que grande es tu nariz y que grandes son tus dientes. Seré lobo, pero tengo mi corazón, sólo me quedó decirle que esos dientes eran para comérmela mejor, pero en sentido figurado, nada más, porque esa niña ya merecía hace rato ser corregida”. 

¿Cambia nuestra opinión sobre el lobo luego de escuchar su versión? ¿Cambia la opinión sobre la Caperucita Roja? Puede que sí o que no. Pero lo importante es haber escuchado a la otra parte y formar opinión con las dos versiones. La verdad completa. La historia contada por un solo lado, con o sin intención, puede parecernos muy oscura sino escuchamos las motivaciones y las razones de la otra parte.

Cómo cambiaría nuestra opinión  si la reflexión final del cuento “Los 3 chanchitos”, fuera:

“..Luego de haber intentado derribar la casa de ladrillos construida por los 3 chanchitos, una y otra vez, el lobo se retiró exhausto. Debajo de un árbol, reflexionó y dijo sentirse feliz porque había logrado que 3 niños aprendieran la importancia de hacer las cosas bien hechas; lo que deban hacerlo, lo tienen que hacer bien, siguió pensando el lobo, y esta es la mejor edad para que lo entiendan; aunque para ello, les haya tenido que dar mucho trabajo, derribando su casa de papel y de esteras, una y otra vez. Ellos finalmente entendieron, que las cosas buenas requieren un mayor esfuerzo y sacrificio, pero que los resultados, como una casa sólida, también son más satisfactorios. Entonces el lobo se echó a darse una bien merecida siesta… ¡Fin!”.

¿A cuántos “lobos” no hemos escuchado en nuestras vidas? ¿Cuántos “lobos” quisieran contarnos su versión? ¿Cuántas experiencias tristes y desagradables hemos soportado por haber emitido juicio final sin haber escuchado a la otra parte? 

No podemos privarnos de conocer la otra versión. No juzguemos sin escuchar a todos, no dejemos de ver el mismo paisaje desde muchos lugares. No creemos más lobos feroces.

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