¿Estás escuchando o esperando tu turno para hablar?

Resulta muy difícil desarrollar una relación sólida entre personas si la comunicación no es fluida y clara. Para lograrlo es imprescindible “saber escuchar”, lo que no es lo mismo que oír. Se puede oír música, el ruido de un avión o los sonidos que emite un animal, pero “escuchar” va más allá de eso, significa poner interés, atención y dar importancia a lo que te quieren transmitir. Implica que, cuando escucho a la otra persona, le estoy prestando toda la importancia que se merece (incluso involucrando consideración y respeto), y cuando estas variables llegan al máximo nivel, uno es capaz de despojarse de sí mismo, para ponerse en lugar de la otra persona lo que se define como empatía, logrando un real entendimiento de la situación.

En muchas circunstancias también podríamos estar atentos a una conversación y sin que la otra persona haya finalizado de hablar estamos usando este tiempo para elaborar nuestra respuesta. Por tanto, en realidad no estábamos escuchando, sino que, únicamente esperábamos nuestro turno para hablar. Si no se escuchó, no se entendió, y eso con frecuencia se convierte en el origen de muchos conflictos posteriores.

“Saber escuchar” es una decisión, ya que depende de uno mismo, no es una capacidad innata de las personas, ni un don ni algo hereditario. Tener capacidad para escuchar  es una habilidad y por lo tanto, requiere práctica, y esfuerzo, para estar atento y entender la posición de la otra persona, sobre todo cuando es diferente a la de uno. Saber escuchar no es una capacidad para repetir palabra por palabra lo que la otra persona dijo, sino para entender lo que esas palabras significan y afectan a la otra persona, por eso requiere gran atención e interés. 

Existen muchas actitudes, situaciones, costumbres, modelos, entre otros que impiden que una persona sea un buen escucha, como la susceptibilidad, la predisposición y la idea de que no importa lo que conversemos, yo siempre debo tener la razón, sino pierdo.

Por ejemplo, es imposible escuchar a otra persona viendo simultáneamente un partido de fútbol. Actitudes igual de dañinas. 

Existen también otras señales verbales que no ayudan a ser un buen escucha, como empezar un diálogo con: “si vamos a conversar que sea breve”, “trata de mencionar sólo los puntos importantes”, “sustenta mejor tu posición”, etc. que sólo cohibirán a la otra persona en algunos casos y en otros la enervará, impidiendo que pueda expresarse de manera auténtica. 

Señales no verbales, como gestos, muecas, falta de contacto visual –no mirar a la otra persona- postura no adecuada, entre otros, que evitan que una persona sea un buen escucha.

Winston Churchill solía decir: “se necesita coraje para pararse y hablar, pero mucho más para sentarse y escuchar”, y es que lo segundo, trasciende a otro ámbito. Tal es el caso de un gerente que no sabe escuchar, podría estar privándose de recibir información y conocimiento profundo de su empresa. Además, según Darcy Ribeiro,  “quien controla una conversación no es quien más habla sino quien mejor escucha”. De hecho las personas que han desarrollado mayores habilidades para ser mejores escuchas son las personas que presentan mayores coeficientes de inteligencia emocional.

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